El día que vi a mi Sultana
Cuando los trinos de los pájaros se entremezclaban con los cálidos rayos del Sol de la mañana. Cuando el olor a azahar entraba por mi nariz y me recordaba que nací en la tierra de la fertilidad. Cuando sonaba música y pólvora, reavivando mi corazón. Cuando todo esto pasaba, yo miraba por la ventana.
Entonces te vi pasar, y al aire de aquella mañana que intentaba robarte tus rizos negros como el carbón. Tú, con tu piel color de reina mora, con tu piel tacto de amapola, con tu piel salada como las olas. Minutos eternos, nanosegundos que parecían lustros, el tiempo se congeló para que pudiera contemplar aquella imagen celestial.
No pude resistir el deseo de hacerte una poesía, que no la hice, sólo la robe de la que emanaba de tu cuerpo y mi único mérito fue transformarla en palabras. Palabras que no encontraba para describir lo que sentía. Palabras que en mi mente se perdían. Palabras que tras el éxtasis se escondían. Pero lo hice, lo conseguí, y escribí el mejor poema del mundo. Aben al Abbar se moría de envidia, Àusies March me odiaba por no haber podido escribir algo así, García Lorca lloró por no tener él tal inspiración, y Khalil Gibran se retorcía de rabia.
Al final, ese momento eterno acabó. Esa maravillosa visión desapareció de mis ojos. Y el vacío que quedo en mis pupilas fue rellenado con lágrimas. Aun sonaba la pólvora, aun los niños en el parque, aun la banda tocando música festiva, aun los ancianos jugando al truc. Pero faltaba algo, faltabas tú.
Bajé y te busqué. No dejé ni solo rincón por mirar. No dejé ni una sola piedra por retirar. No dejé ni una sola persona por preguntar. Pero de nuevo Dios me quiso regalar un momento de placer para mis ojos, y te vi venir, sultana mora. Me tocaste la mejilla enjugando mis lágrimas de alegría. Me besaste los labios, que era lo que ellos pedían. Me abrazaste de una forma que nunca jamás nadie lo hizo, apretando como para que no pudiera escapar de tu lado, apretando dulcemente como el abrazo al hijo perdido que regresó. Y entonces morí por el éxtasis del amor, entonces renací por el éxtasis de morir de amor, entonces viví mil vidas en un segundo. Ya no existía nada más, tú y yo, ni pasado ni futuro, ni gente ni plantas ni animales ni sol, ni blanco ni negro, ni si ni no, ni estaciones, ni día ni noche. Solo tu y yo, solo nuestro amor.
Zaït, 9 de mayo de 2010
