Poesía
Frústrame mis sueños,
pero no la esperanza
de que algún día vuelvan
sin rencores ni venganzas.
¡Cómo me gusta saltar
de peca en peca de tu cara,
como si fueran nenúfares
flotando en lago de agua clara!
Cada beso
que tú no me das,
en un verso
se convertirá.
Y es por eso
que, al tiempo que sufro,
mis lectores gozan,
mis ojos sollozan.
¡Qué frío sin ti!
¡Qué témpanos más afilados
clavándose helados
en la boca de mi estómago
hambriento de tus brazos!
Son las cinco de la mañana
y tú me abrazas en la cama.
Ya, despierto que estoy, te miro
y me regalas un suspiro.
Yo quiero que mi lengua sea
la mano que acaricie tu alma
con miles de palabras dulces,
jamás habrá ninguna amarga.
Tú formas parte de ese aire,
del aire del que yo respiro,
que me hace mirar adelante
por duro que sea el camino.
¡Abrázame,
que mis poros son la puerta
que dejo siempre abierta
para que tu alma pueda entrar!
¡Abrázame,
que mi vida es muy fría
y tú, la manta mía
que me viene a calentar!
Ahora paseas por la playa
con los pies desnudos.
Escondiéndose, entre tus dedos,
los tímidos granos,
minúsculos
como esos problemas
que tú crees tan grandes,
que crees insalvables.
El refugio de mi hogar,
en los surcos de tus labios,
es el cobijo más sabio
para poder resguardar
el amor que te tenía
cuando todo era alegría.
La yerba danzaba
al ritmo del viento,
haciendo cosquillas
a mi oído, atento
a los trinos dulces
que guiaban mi aliento.
