Recitaciones
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M'â pedío, Zurtana mía, |
Llegó la primavera,
también mi funeral.
Los olmos se retuercen
por este vendaval
que roba mis palabras
que yo quiero cantar,
dejándome el veneno
de la cobra voraz.
Vuelves a tener los ojos
como el Sol del atardecer,
y tus labios como un niño
solo en un bosque sombrío:
temblando y llenos de frío.
Me vas perdiendo cuando miras al plato, perdida en el infinito, como intentando ver a través de él. Me vas perdiendo cuando haces que tus palabras se queden escondidas en la garganta, y cada vez son más, y forman una bola que no te permite tragar.
Mi alma vuela,
pero astillas de cielo
se clavan en mi pecho,
y sangra,
y sangra,
y sangra.
Dale sentido a mi existencia.
Deja que el rocío de cada mañana
sean mis sentimientos condensados en palabras,
esparcidas sobre las flores
del jardín de tu espalda.
Cada mañana, al abrir las ventanas de tus ojos, veo el iris de mi cielo. Ese que rodea al agujero negro en el que me pierdo. Ese por el que entro al edén de tu interior. Ese que es la puerta de tu alma. La puerta de tus sueños.
A la niña consentida, por última vez
El día que tu llegaste a mi,
eras una niña consentida,
caprichosa, irritable y dolida.
Fuimos tus siervos, niña infeliz.
- Sal de mi cabeza, sal de mi cabeza, ¡sal de mi cabeza!, ¡¡sal de mi cabeza!! -Explotó a llorar Andrés.
- ¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿No quieres oírlo? -Sonaba con voz déspota.
- ¡No! ¡Es mentira!
- Es verdad. Pero la verdad duele.
¡Despiértame, Jimena,
y dime que solo era una pesadilla!
Dime que duermo a tu lado todavía,
abrazándote como siempre lo hice.
